Membrant estaba cansado de retratar humanos. Quería algo diferente, salvaje; algo que nunca hubiera hecho. Por eso decidió irse de expedición a la India y pintar a un tigre blanco. Fue difícil encontrarlo entre la selva, pero encontró a un guía fantástico que lo hizo llegar a la bestia.
Cuando se vieron frente a frente, el tigre estaba inquieto, rugía y respiraba con agitación. De un momento a otro, se lanzó sobre el guía para atacarlo. En tan solo unos segundos le quitó la vida, y después, vio a Membrant con regocijo. Se paró en la maleza, y ahí, al lado de su presa y entre los árboles quiso que lo retratara.
Quería que el pintor no solo reflejara en la pintura su aspecto, sino también, el miedo y admiración que emanaba aquel felino.








